EL PODER SIN MÁSCARAS
José María Mardones. Madrid.

Miramos la realidad de nuestro mundo y no damos crédito a nuestros ojos. No es extraño que John Berger se pregunte "¿dónde estamos?" en el sentido no geográfico sino más humano y radical del término. No entendemos dónde estamos. O no queremos entender que estamos retrocediendo hacia niveles de deshumanización que nos parecía imposible volver en la escala evolutiva. ¿Quién se imaginaba sólo hace unos años que en nombre de la seguridad energética de la primera potencia del mundo se quisiera "intervenir preventivamente" en Irak y se descalificara a los remisos con no tomar parte en el reparto del petróleo? ¿Quién podía suponer que se pudiera asaltar el teatro Dubrovka de Moscú y luego actuar en Chechenia de la manera que se ha hecho y que a continuación Vladimir Putin haya impuesto el silencio a toda posibilidad de crítica? ¿Quién creía, ante lo que parecía una paz cercana, que el conflicto palestino-israelí desembocara en la locura en que está encerrado?

La realidad está superando con mucho a los peores augurios. Y llama la atención la escasísima, casi nula, ideologización que tienen los acontecimientos. Al principio se acudía a la tapadera del peligro terrorista. En razón de este peligro, expandido como un virus invisible, se justificaba el mayor control policial y la pérdida de libertades personales, la detención, por encima de los derechos básicos, de los sospechosos y el bombardeo de las cuevas de los facinerosos. Poco después se contaron los días al eje del Mal.

Hubo intelectuales que sacaron a relucir la actualidad del "choque de civilizaciones" y de la aparición de nuevas y terribles guerras religiosas. Quedaba un leve rastro de justificación con sabor religioso. La teología elemental de las confrontaciones entre dioses rivales servía de ideología política. Retrocedíamos por detrás de los niveles de la ideologización política. Pero cuando algunos dirigentes políticos mostraron sus reticencias y apelaron a un refrendo internacional de la ONU, una especie de elemental visto bueno que proporcione cierta aura moral a la política "intervencionista", entonces se comenzaron a ver las verdaderas razones. Se cayeron las escamas pseudo-teológicas y aparecieron los intereses puros y duros y la nuda fuerza como razón suprema.

Ya pasaron los tiempos en que las decisiones políticas, especialmente las no justificables, se trataban de ocultar bajo formas aceptables de cierta sofisticación. Hoy la legitimación de los hechos parece no necesitar de ningún trabajo ideológico. Las decisiones políticas no necesitan maquillaje. Los dedicados a la labor "intelectual" tanto legitimadora como crítica, se quedan sin trabajo. No hay arrugas ni malformaciones políticas que ocultar o embellecer con un conveniente ropaje ideológico, es decir enmascarador, ni existe el trabajo del desvelador crítico que descubre y saca a la luz lo que se oculta bajo bellas intenciones o palabras. Las cosa se presentan hoy en estado bruto, en su mostrenca desnudez.

K.Marx quedaría estupefacto ante la brutalidad de los hechos. Ya T.W.Adorno vio con claridad que la ideología, es decir, la necesidad de la explicación encubridora de la realidad, era necesaria allí donde el poder no funciona en su desnuda y directa brutalidad. Cuando la imposición adopta formas que buscan la aceptación, entonces oculta tras afeites ideológicos sus deformaciones. Hoy el poder no siente la necesidad de ocultar nada. Sencillamente se impone. A este nivel ha descendido la política mundial en nuestros días. A este nivel animalesco de mera aceptación de los hechos nos quieren hacer descender a los humanos.

Las cosas son simples y directas: el imperio norteamericano quiere asegurarse la tranquilidad y el futuro del control del petróleo en Oriente Medio. Quiere y puede ergo lo hace. Parecería que estuviéramos aplicando una suerte de "teología de la voluntad del Infinito" a la política. No se necesitan explicaciones ni aclaraciones. Se ha pasado de la "teología" a la realidad más profana del poder. Asistimos estupefactos a su entronización y sacralización.

Llama la atención que todavía haya un grupo de presuntos intelectuales norteamericanos que avalan esta forma de proceder que supera a la del Imperio Romano. La comparación es de ellos. Y Estados Unidos, aquí está la clave, el quid del argumento, es más que el Imperio Romano. De nuevo el poder sumo, el suave roce de la omnipotencia como argumentación implacable, impone la lógica de su voluntad

¿Qué hacer? ¿Qué podemos hacer? Una especie de petrificadora impotencia recorre las mentes críticas. No hay nada que hacer. Cuando la brutalidad se impone sólo crece la parálisis del miedo. Y la lógica del miedo justifica, a su vez, las políticas del poder y la violencia. Se necesitarían, más que nunca, espíritus libres y sin miedo para contrarrestar la nuda fuerza. Ahora se nos pide un plus de humanidad: ser más humanos que antes. Es decir, no contestar con las mismas armas. Para ello necesitaríamos liberarnos del miedo, superar el pesimismo y la tentación del abandono y hasta de la desesperación. La respuesta la dan los que resisten y se oponen : como los 250.000 manifestantes de Londres contra el apoyo de Blair a Bush, o los manifestantes de Washington contra la guerra, o la carta de los obispos católicos norteamericanos que deslegitiman la guerra contra Irak y la posición de las iglesias protestantes liberales Hay que hacer crecer la disidencia frente al autoritarismo y la guerra. Quizá todo dependa-como recordaba N. Birbaum hace poco- de una pequeña minoría, un resto salvador, que sepa despertar la humanidad dormida en las multitudes. ¿No discurre por esta vía el mensaje navideño de la coalición mundial de los hombres de buena voluntad.?

 

 

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